PROYECTO MATUSALÉN
Antes de empezar quiero presentarme, me llamo Lucybel Carreño. Soy Ingeniera Química graduada en la Universidad Central de Venezuela. Trabajé como supervisora en la línea de Procesos Industriales de la corporación FarGen, la mayor productora de fármacos de origen genético y que lidera la industria desde hace varios siglos.
Un domingo, en un intento por ordenar la oficina que tenía en mi casa, el titular de una vieja revista atrajo mi atención. Vida eterna en La Tierra se leía en la portada de aquella. Un artículo de tres páginas que trataba sobre el alargamiento de la vida humana y su posible eternidad. Al leer el artículo, encuentro algo que realmente me dejó sorprendida, mi madre era las más notable investigadora sobre la genética de la vejez y directora del Departamento de Investigaciones Experimentales de FarGen, en aquel entonces. En una breve entrevista anexa al artículo comenta que la detención del envejecimiento es una situación completamente posible porque conocemos todos los genes de la especie humana y si hemos logrado manipularlos a nuestro antojo, alargar la vida tanto como queramos será solo el siguiente paso, luego seguramente vendrán otros retos al intelecto humano.
Todo esto me causó sorpresa, ya que apenas llegué a conocer a mi madre, ella murió cuando yo tenía ocho años. El único recuerdo que tengo de ella es un álbum con fotografías tomadas en muchos lugares. Sí sabía que había trabajado en FarGen, ya que algunos de sus compañeros siguen trabajando en la corporación y me identifican como su hija. Me extraña que nunca me hubiesen comentado sobre esto, además, en la casa no se encuentren placas o diplomas, siendo una científica tan destacada. De no haber conseguido esta revista, ni siquiera hubiese sospechado el prestigio que tenía como genetista.
Al día siguiente, llegué a la fábrica y estaba el Dr. Jesús Polanco. Científico brillante con una reconocida trayectoria en el área genética, buen amigo y lo que más me interesaba en aquel momento, había conocido a mi madre. Lo abordé y luego de saludarlo, le interrogué de algunas cosas sobre ella.
− ¿Por qué nunca me contaste que mi madre había llegado a ser directora del Departamento de Investigaciones Experimentales?
− Nunca pensé que no lo supieras − me respondió.
− Sé que nunca se logró alargar la vida de la especie humana, pero ¿qué tan cerca estuvo mi madre de conseguir el secreto de la vida eterna? − proseguí.
− Realmente no lo sé. En aquella época yo estaba entrando a la corporación y trabajaba en control de calidad. Mi contacto con ella fue mínimo, se limitó exclusivamente a pocas reuniones esencialmente administrativas. Sé que ella renunció cuando yo tenía poco menos de un año de haber llegado.
− ¿Sabes por qué renunció?
− No. Aunque se había corrido el rumor de que fue suspendido el apoyo a sus investigaciones por considerarlas muy ambiciosas e imposibles de lograr.
− ¿Y sabes quién pudo haber tenido una estrecha relación con ella? Alguien de su equipo de trabajo, por ejemplo.
Me respondió afirmando que el único miembro del DIE de aquel entonces que continúa en la corporación es el Dr. Rodríguez, actual vicepresidente de la corporación.
No sería fácil entrevistarlo. Tuve que pautar una cita con él y afortunadamente, la conseguí para el miércoles de esa intensa semana. A las dos de la tarde acudí puntualmente a su oficina y al verle se adelantó a mis preguntas diciéndome -¿Vienes a saber de tu madre?
− ¡Ah! ¿Cómo lo supo?
− Lo imaginé. Sé que Isidora − así se llamaba mi madre − murió cuando eras muy joven, es natural que quieras saber de ella.
− Así es. ¿Quisiera saber por qué renunció? ¿Qué alcances tuvieron sus investigaciones? ¿Qué tan cerca estuvo de la inmortalidad? − le pregunté agitadamente.
El doctor me contestó diciéndome que precisamente este fue el motivo por el cual renunció. Sus investigaciones eran su vida. Estas no arrojaban resultados tangibles, pero ella aseguraba que estaba muy cerca y que solo quedaba un problema por resolver. Nunca llegué a saber que era lo que le faltaba. Sus investigaciones fueron absolutamente personales y luego de quince años de fracasos, la corporación decidió suspender el Proyecto Matusalén − así se llamaba el proyecto de mi madre −. Este empezaba a hacerse insostenible y perdía rentabilidad, por lo que la corporación se desinteresó del mismo. Isidora nunca lo aceptó y se fue. No volvimos a saber de ella hasta que recibimos la noticia de su muerte. Ese día supimos que había tenido una hija y que vivió viajando de un lado a otro sin fijar una residencia. Eso explicaba en parte por qué conservo pocas cosas de ella.
Continuando con la entrevista, le pregunté − ¿El Proyecto Matusalén nunca fue retomado?
− No. Este quedó en el olvido, no había escuchado hablar de él desde que fue suspendido.
Tuve que terminar la conversación para volver al trabajo. Le pregunté si podía buscarlo en caso de que tuviera otra inquietud y se ofreció gustosamente.
Durante toda la noche de ese día estuve pensando sobre lo que pudo haber conseguido mi madre como para renunciar a la corporación y llevar una vida con un bajo perfil, abandonando una exitosa carrera profesional. Será una muestra de impotencia ante la imposibilidad de conseguir su mayor ambición. ¿Qué fue lo que realmente pasó? ¿Dónde encontraría una respuesta?
Al otro día me enfoqué en buscar los registros del Proyecto Matusalén. Este sería el que me diera las respuestas sobre mi madre. Tal como me dijo el Dr. Rodríguez, su trabajo era su vida. Entonces esos archivos debían ser su biografía y en efecto así fue.